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Opinión: Cosa de hombres

Opinión: Cosa de hombres

Por Carlos Benito.
En 1995 eran mujeres el 11,3% de los parlamentarios del mundo. En 2010, la proporción sólo ha aumentado hasta el 18,8%.
 
Si el mundo estuviese organizado como es debido, en estas dos páginas vendría alguna otra cosa, porque el hecho de que una mujer más se hubiese incorporado a la selecta nómina de personas que dirigen un país no tendría mayor relevancia: de hecho, ocurriría muy a menudo, ya que alrededor del 50% de los vencedores de elecciones correspondería al sexo femenino. Sería lo lógico, la paridad natural, esa misma que contemplamos en la sección de esquelas. Pero, ay, la sociedad de hoy la hemos ido construyendo los seres humanos a lo largo de la historia y nos ha quedado una cosa bastante fea, un monumento a la desigualdad y la discriminación que ahora intentamos arreglar, como cuando uno comprueba que el guiso le está saliendo mal y trata de corregirlo sobre la marcha. Y vamos avanzando en la dirección correcta, pero todavía nos falta mucho para solucionar el estropicio de siglos: con la elección de Dilma Rousseff como jefa de Estado de Brasil, son diecisiete los países del mundo que cuentan con una presidenta o una primera ministra. Hace cuarenta o cincuenta años, cuando naciones como Suiza aún no habían aprobado el voto femenino, la cifra quizá habría sonado como un avance digno de aplauso, pero son sólo diecisiete de 192 estados reconocidos por la ONU.
La propia Rousseff, economista y ex guerrillera, se ha comprometido a promover la igualdad entre sexos «para que este hecho inédito se multiplique», consciente de su posible impacto como modelo para las jóvenes: «Quiero que los padres y las madres miren hoy a sus hijas y les digan que una mujer puede ser presidenta de Brasil», ha dicho. Porque estas cosas no acaban de parecer posibles de verdad hasta que por fin suceden, y eso suele tardar. La Conferencia de las Naciones Unidas de Pekín estableció en 1995 la necesidad de que la igualdad llegase a los órganos ejecutivos y legislativos y estableció el año 2000 como primer objetivo, pero la realidad avanza mucho más despacio que las ideas: en 1995, eran mujeres el 11,3% de los parlamentarios del mundo; en 2010, el porcentaje ha subido hasta el 18,8%. La Unión Interparlamentaria, organización internacional creada en 1889, elabora mapas anuales que reflejan la evolución de la presencia femenina en cámaras y gobiernos. Ahí se pueden comprobar las acentuadas diferencias entre zonas del mundo: desde los países nórdicos, donde el 42% de los parlamentarios son mujeres, hasta los estados árabes, con una proporción del 9,5%, aunque la cifra más llamativa seguramente sea ese 56% de mujeres en la cámara baja de Ruanda. En cuanto a los gobiernos, los cuatro puestos de cabeza corresponden a Finlandia (con el 63% de las carteras ministeriales en manos de mujeres), Cabo Verde (53,3%), España (52,9% en la fecha del estudio, aunque la última remodelación ha supuesto un descenso al 46%) y Noruega (52,6%).
Familia asesinada
Las proporciones se encogen todavía más cuando llegamos al escalón superior, el de los jefes de Estado y de Gobierno. De los 151 países que eligen democráticamente la primera figura -quedan eliminadas de la estadística, por tanto, las monarquías-, sólo ha optado por mujeres el 6%. Y, entre los 192 jefes del Ejecutivo, la proporción sobrepasa por los pelos el 4%. Parece existir consenso en que la más poderosa de estas presidentas y primeras ministras es la canciller alemana Angela Merkel, pero resulta muy significativo que la lista de mujeres más influyentes del mundo elaborada hace un mes por la revista 'Forbes' la sitúe en cuarto lugar y asigne el puesto de cabeza a Michelle Obama. Merkel es también la más conocida en nuestro país junto a la argentina Cristina Fernández de Kirchner. Entre las demás encontramos perfiles tan interesantes como el de la primera ministra islandesa, Jóhanna Sigurðardóttir, una ex azafata que fue la primera jefa de Gobierno abiertamente gay del planeta, o la 'dama de hierro' lituana Dalia Grybauskaite, que domina cinco idiomas y es cinturón negro de kárate, o Sheikh Hasina Wajed, de Bangladesh, superviviente de una biografía estremecedora: hija mayor del fundador de la nación asiática, se encontraba de viaje en Alemania el 15 de agosto de 1975, cuando asesinaron a su padre, su madre, tres de sus hermanos y dos cuñadas, y también logró salvar la vida en 2004, cuando un ataque con granadas durante un mitin suyo mató a 22 de sus seguidores.
La cuestión de la presencia femenina en los gobiernos va acompañada desde hace décadas por un debate tan recurrente como estéril: ¿cambiaría el mundo si las mujeres mandasen? ¿Tiene algo que ver la personalidad masculina con la perpetuación de ciertos problemas en este mundo de hombres? En su estudio 'Las mujeres y la evolución de la política mundial', el politólogo Francis Fukuyama habló de la propensión genética del macho hacia la violencia, pero esa postura ha sido fuertemente contestada por figuras como la ensayista estadounidense Barbara Ehrenreich, quien le recordó que «el apetito masculino por la batalla» no es tan voraz y que «las mujeres han demostrado en los dos últimos siglos su capacidad para la violencia colectiva». No obstante, las afirmaciones que ven la feminización de la cosa pública como una vía hacia una sociedad más pacífica son abundantes: «La política no debería seguir siendo un bastión de dominación masculina -afirmó Corazón Aquino, presidenta de Filipinas entre 1986 y 1992-, porque hay muchas cosas que las mujeres podemos aportar y que harían nuestro mundo un lugar más agradable, más amable». La postura más razonable quizá sea la de Laura Liswood, fundadora del Proyecto Casa Blanca, una organización que busca aupar a alguna mujer hasta la presidencia de Estados Unidos: «¿Se notará la diferencia con las mujeres como presidentas o primeras ministras? -ha planteado-. A Ho Chi Minh le preguntaron una vez si la Revolución Francesa de doscientos años atrás había supuesto alguna diferencia, y contestó que era demasiado pronto para decirlo. Pues bien, probablemente sea demasiado pronto».
 
 

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